¿Tenés una babycam?
Algunas reflexiones sobre productos inteligentes aplicados a la crianza y el riesgo de exponer nuestra intimidad
Hoy leí la frase “El algoritmo avanzado de SNOO responde automáticamente a la inquietud con niveles de sonido y movimiento que aumentan gradualmente, y suele calmar a los bebés en menos de un minuto”. Suena a episodio de Black Mirror, pero es la promoción real de SNOO, un moisés “inteligente” que promete ayudar a dormir a bebés de 0 a 6 meses.
Ojo, está buenísimo. Te abraza, te da calor, te pone ruido blanco. Quizás con eso se terminarían mis problemas para dormir. Lo que no sé es si metería a mis hijos adentro de semejante invento.
El pasado 20 de octubre, un fallo en los servicios en la nube AWS de Amazon en la región este tuvo impacto directo en aplicaciones de todo el mundo. Se vieron afectadas páginas web, tiendas online y billeteras digitales de todo tipo. Incluso dispositivos impensados en otra época, como colchones inteligentes o las cunas SNOO, quedaron temporalmente inutilizados debido a su dependencia del servidor remoto.
En mi casa vivimos en lo que podría llamarse la prehistoria digital, algo irónico considerando que los dos adultos trabajamos hace décadas en tecnología. Somos prácticamente la representación de esta captura.
Por eso, me sorprende cuando veo a otros padres, quizás menos versados en tecnología que me comparten orgullosos el “feed en vivo de la babycam” apuntando directamente a una criatura que duerme… a 70 km de distancia de donde estamos charlando. Inmediatamente me pregunto: Si nosotros podemos verlo, ¿quién más tiene acceso? ¿Esa información se está guardando? ¿Se usa para algo? Como padres, ¿Tenemos suficiente información al respecto?
Es inevitable sentir que mientras las familias modernas se desviven por cuidar la salud física de sus hijos están a la vez completamente despreocupadas ante riesgos digitales igual de reales.
Padres informados, riesgos ignorados
Las familias tenemos a disposición una cantidad inmensa de información sobre crianza y salud infantil. Me atrevo a decir que a veces es demasiada información.
Hoy en día el mapapi promedio sabe perfectamente los efectos adversos del exceso de azúcar en la dieta infantil. Lo mismo pasa con otras cosas, por ejemplo que la Asociación Española de Pediatría sugiere no exponer a los niños a dispositivos electrónicos antes de los 6 años. Como madre de tres niños (dos de ellos en edad escolar) no les puedo explicar la cantidad de reuniones y charlas que hemos tenido en el colegio (iniciadas por familias) con dudas sobre si a sus hijos les dan snacks con azúcar o si les pusieron una película durante la siesta. En el colegio de uno de mis hijos se prohibió la canasta de merienda compartida porque algunas familias estaban preocupadas de que otros papis manden Oreos. Les juro, 100% real.
Informados por pediatras bien intencionados y cuentas de Instagram que crecen a base de bait y culpa, muchos padres consideran que lo peor que podrían hacer es darle a sus hijos una bolsa de palitos y un vaso de coca o dejarlos dos horas frente a la televisión. Paradójicamente, esas mismas familias no ven inconveniente en instalar una cámara de streaming en la habitación de sus hijos para vigilarlos por las noches y no se preguntan dos veces si alguien más tiene acceso.
Creo que es esperable, porque todos los padres tenemos varios encuentros al año con el pediatra pero a menos que estemos en tema ninguno de nosotros tiene encuentros regulares con especialistas en seguridad informática.
La normalización de estos dispositivos de vigilancia en el hogar es una plaga. Ahora todo quiere ser smart: la heladera, la tostadora, el colchón. La tranquilidad del hogar se ve invadida por dashboards de métricas y sugerencias basadas en agentes de inteligencia artificial.
No quiero sonar anti-tecnología, todo lo contrario. Yo por ejemplo mido mucho mis métricas de entrenamiento con el smart watch y me atrevo a decir que ya casi no puedo salir a entrenar sin el. Tengo algunos dispositivos de vigilancia y una cerradura “inteligente” en mi casa (pero nada con acceso remoto). Intento, antes de sumar un nuevo dispositivo a mi intimidad, entender cuales son los riesgos y beneficios.
Según un estudio citado por la Academia Americana de Pediatría, 65% de los padres utilizan monitores para aliviar su preocupación por la seguridad del bebé. En una maternidad contextualidada entre la culpa, la desconfianza y lo frenético de la vida actual la adopción de cámaras de vigilancia, comunicadores wifi y otros dispositivos inteligentes es casi parte natural de la crianza moderna. El problema es que esa sensación de seguridad podría estar generando una falsa confianza, porque muchos padres no saben que estos aparatos conectados implican compartir datos sensibles (imágenes, audio, patrones de sueño) a través de internet.
No podemos culpar completamente a las familias, criar a los más chicos en el mundo actual ya es bastante complejo como para sumar culpas. Para mi el problema se reduce a algo muy simple: falta de información. Y así como logramos minimizar las mamaderas con coca-cola en infantes también podemos lograr que el consumo de dispositivos smart sea más consciente. El objetivo es conseguir que las familias se cuestionen con la misma intensidad ofrecer un vaso de cola o entender quién más podría estar “sintonizando” la cámara de su hijo cuando ellos no miran.
El lado B de la vigilancia
Detrás de la información que nos ofrecen las babycams y cunas inteligentes acechan riesgos digitales concretos. Los monitores de bebé modernos transmiten vídeo y audio a través de protocolos de red, y a menos que estén alojados enteramente de forma local, lo van a hacer a través de la internet. Algunos servicios van un paso más allá incluso almacenando grabaciones en la nube. Esto abre la puerta a problemas de privacidad y seguridad que pocos padres consideran al enchufar el dispositivo. De hecho, numerosos informes han documentado vulnerabilidades en estos equipos. Regularmente se publican casos de hackers accediendo a monitores de bebé, logrando ver y oír la transmisión de video en vivo e incluso hablarle al infante en plena noche.
Existe otro problema relacionado al uso de dispositivos smart y es la dependencia tecnológica. Como mencioné anteriormente, muchos de estos aparatos dependen de servicios en la nube para funcionar plenamente. Esto significa que un fallo técnico remoto puede inutilizar un recurso en el que los padres confían para calmar o vigilar a su bebé. En la mayoría de los casos una caída temporal probablemente no termine en daño físico al niño, pero imaginemos la situación extrema: padres en otra habitación que no escuchan el llanto del bebé porque el monitor “no conecta” debido a una falla de internet ¿Tenemos algún tipo de alarma? ¿Un fallback?
Estos son problemas nuevos. Son situaciones impensables hace un par de décadas e ilustran a la perfección cómo al delegar funciones críticas de cuidado en la tecnología también nos trae nuevas vulnerabilidades. La seguridad y bienestar infantil ahora dependen también de contraseñas robustas, conexiones seguras y servidores funcionando.
Tranquilidad digital, porque no todo es malo
Sería injusto ignorar los beneficios reales que la tecnología aporta a la crianza, y por qué tantos padres adoptan estas soluciones. La tecnología bien empleada puede ser aliada en el cuidado físico (previniendo accidentes, vigilando el sueño) y en el bienestar emocional de los adultos a cargo (menos ansiedad, más previsibilidad).
El problema surge cuando la confianza en la tecnología es absoluta o acrítica. Cuantas veces escuché a los padres argumentar que “no soy nadie importante”, “nadie quiere espiar a mi bebé” o que es un riesgo demasiado remoto como para preocuparse. Pero la evidencia sugiere lo contrario: la amenaza existe y está documentada, desde casos de intrusiones en babycams hasta filtraciones de datos en servicios supuestamente seguros. Y aunque la probabilidad sea realmente baja, el impacto potencial es alto porque atenta contra la seguridad del menor del mismo modo que el azucar le arruina la salud futura.
Además, aunque ningún extraño malintencionado acceda nos queda la duda de qué hacen las propias empresas con la cantidad de datos que toman de estos dispositivos. ¿Almacenan las grabaciones de video? ¿Analizan los patrones de sueño del niño con fines comerciales? Muchas de estas respuestas no son claras y la mayoría de los padres nunca lee(mos) los términos y condiciones de las aplicaciones de monitoreo (ni de ninguna otra cosa). En este sentido, la falta de transparencia e información agrava la situación. Como padres, no podemos tomar decisiones conscientes sobre la vida digital de nuestros hijos si ni siquiera sabemos qué está en juego.
No se trata de repudiar la tecnología y volver a la era de las niñeras de uniforme ni tampoco de aislar a los niños del mundo digital para siempre. Se trata más bien de extender nuestra actitud crítica, esa que aplicamos al elegir la comida o los dibujos animados de nuestros hijos, a otros temas. Algunas medidas pueden ser muy simples de implementar: Elegir sistemas locales siempre que se pueda, cambiar la contraseña por defecto de la cámara del bebé, desactivar el acceso remoto cuando no se use, mantener actualizado el firmware del dispositivo, y sobre todo, informarse sobre las políticas de privacidad si utilizamos aplicaciones de terceros (cosa que no recomiendo ni un poco).
Es también pensar dos veces antes de conectar un nuevo aparato inteligente: ¿Realmente necesito que la manta de apego mida la calidad de sueño de mi bebé? ¿DE VERDAD?
Al final es un llamado a aplicar ese mismo amor y prudencia con que protegemos la salud física de nuestros hijos pero para resguardar también su huella digital y su privacidad.
Gracias por leer, nos vemos la semana que viene.
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Me reí con la parte del azúcar. Tan real. Por otro lado, a veces pienso en dispositivos como el owlet owl, que te dicen si tu bebé está respirando o no. Hay todo un marketing predatorio en vender falsa seguridad a mapapis primerizos que se dan cuenta que, por primera vez, hay cosas fuera de su control.
Adopteme maestra!!!