Sin códigos

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Sin Códigos plus - Resumen de Q1

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Bel Rey ✨
abr 04, 2026
∙ De pago

No, no se preocupen, no están confundidos. Hoy efectivamente no es viernes. La confundida soy yo. Entre la seguidilla de feriados y que estuve batallando una gastroenteritis que me dejó de cama, perdí un poco la secuencia de los días. Pero acá estamos porque si algo me da placer es cumplir cronogramas.

Hoy me gustaría hacer un pequeño cierre simbólico del ciclo “trabajo en la era de la inteligencia artificial” que nos acompañó como leitmotiv de las ediciones desde enero.

Cuando arrancó el año, el tema ineludible era la inteligencia artificial. No como novedad tecnológica, sino como amenaza existencial para quienes trabajamos con el conocimiento, la creatividad, el lenguaje. La pregunta “¿me va a sacar el trabajo la IA?” se volvió urgente.

Lo que escribí en “No te vas a quedar sin trabajo por culpa de la IA” fue que el culpable siempre va a ser un humano. Y lo sigo creyendo. Pero hay algo que no dije entonces: el daño más silencioso de la IA quizás no sea el reemplazo sino esa urgencia por la hiperproductividad. La necesidad de saberlo todo, de usar todos los modelos y gastar todos los tokens.

Me ha pasado en este último tiempo de estar acostada y pensar “Claude no está haciendo nada”. Quizás debería ponerlo a trabajar.” Ser profesional en sistemas parece estar destinado a caer de una psicosis a otra sin escalas.

Mi cerebro en ChatGPT

Entre otras pequeñas desgracias, esta semana se nos rompió la cafetera. Con marido la desarmamos para limpiar y en el proceso se nos cayó un pequeño tornillo en un agujero del molinillo. Marido, que es una de las personas más inteligentes y resolutivas que conozco, se puso manos a la obra para intentar sacarlo con una pinza. El espacio era pequeño y maniobrar difícil. Se nos zafó una, dos, tres veces. Intentamos con otras herramientas. Un imán. No hubo forma. Después del enésimo intento donde perdimos el control del tornillo en el último minuto, lo miré a los ojos y di vuelta la cafetera. El tornillo cayó solo por obra de la gravedad.

Nos reímos durante horas de nuestro intento de sobreingeniería. La respuesta era tan simple y estaba servida delante de nuestros ojos, pero estábamos demasiado ciegos tirando herramientas cada vez más complejas al problema. Es un paralelismo hermoso con la realidad que está viviendo nuestro trabajo hoy en día.

Nos insto nuevamente a cultivar la capacidad de elegir. Poder decir “esta herramienta me sirve, esta no”. Entender que ritmos nos sustentan y cuales nos drenan.

Este ejercicio requiere un nivel de autoconocimiento que no se consigue con ninguna app de productividad. Se consigue con tiempo, conversaciones, con leer cosas que no tienen utilidad inmediata, con aburrirnos un poco. Con, básicamente, hacer todo lo contrario de lo que el algoritmo nos pide que hagamos.

Brindo por eso.

Ahora si amigos, lo prometido es deuda. Les dejo algunos regalitos

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