El algoritmo nos quiere rotos
Una exploración sobre pertenencia, algoritmos y el deseo de ser especial en un mundo que nos prefiere predecibles
Tuiteo y luego existo fue mi lema durante muchos años. De hecho, la mayoría de las personas que me siguen en Substack me conocieron en Twitter. Fue una red social que me dio comunidad y la posibilidad de escribir lo que pienso y que eso resonara con una audiencia.
Por eso quizás les sorprenda saber que en los últimos meses pasó lo impensado: dejé de consumir Twitter. La conversión a X finalmente pudo conmigo. Después de más de diez años como mi red social de cabecera, me aburrí. El algoritmo es una desgracia y todo lo que veo me resulta deprimente, vacío, falso.
"Qué bien", pensarán ustedes.
Lamento decepcionarlos, porque como buena hija de esta época y persona crónicamente online, salté de la sartén al fuego: caí en la peor de las drogas digitales: TikTok.
Twitter fue para mí un espacio único. Supe tener una audiencia muy grande y eso cambió mi forma de habitar las redes sociales. Me alejó del papel de consumidora para centrarme en el de creadora. Nunca la usé con notificaciones; solo leía las respuestas si yo lo decidía y tenía ganas. El foco estaba en la conversación, en el ida y vuelta que nacía de un disparador común.
Hoy, la red social cambió. Con la posibilidad de monetizar y pagar por visibilidad, la conversación viró a controversias banales para mantener el engagement —y los dólares de Elon— fluyendo. Lejos quedaron los días de intercambio. Y lejos quedó mi interés por crear en la plataforma.
TikTok, en cambio, está cortado de otra tela. Uno de sus diferenciales es que vino a romper con el paradigma clásico de creador–seguidor: su algoritmo de recomendaciones se basa enteramente en los temas a los que el usuario presta atención. Seguir o no a alguien es casi irrelevante.
Mi interés al sumarme a esta red no era crear, al menos no de inmediato. Entré como quien se acerca a una vidriera para ver qué hay, sin buscar nada en particular.
El primer choque cultural fue el contenido. Mi página de inicio en Twitter estaba muy politizada y parecía diseñada para indignarme. En contraste, el algoritmo de TikTok comienza con una muestra general de temas virales que se vuelve cada vez más específica a medida que uno interactúa —o ignora— cierto contenido. Después de unos días, mi feed era una mezcla casi exclusiva de gatitos, niños haciendo cosas, contenido sobre juegos y mujeres en EE. UU. que compran patos online. Sí, patos. Patitos. De granja.
No seguía a nadie y no hice búsquedas específicas: el filtro de contenido se fue afinando de forma orgánica, casi natural.
Entre historias de patos, gatos durmiendo y la eventual reseña de un RPG, empezaron a aparecer videos generales que —intuyo— están diseñados para testear nuevos intereses. Fue en uno de esos videos que me llevé una sorpresa. Aparecía una mujer peinando a su hija, y sobre la imagen un texto decía: “She doesn’t know her hair type is very rare” (Ella no sabe que su tipo de pelo es de los más raros).
Hacer videos sin contexto, para que la gente pase más tiempo tratando de descifrar el mensaje, es uno de los trucos más comunes de TikTok. Es como el clickbait, pero sin título. En general ignoro ese tipo de contenido, pero esa vez la curiosidad ganó. Abrí los comentarios buscando alguna pista. ¿Qué tipo de pelo? ¿Qué quiere decir “tipo de pelo”? Yo conozco lacio, rulos...
Después de una breve investigación me enteré de que existen doce tipos de pelo, catalogados por letras y números.
¿Ustedes lo sabían? Ahora lo saben.
Según TikTok —o mejor dicho, según mi algoritmo de TikTok— el tipo 1A parece ser el más raro y codiciado de todos: fino, difícil de peinar, lacio. Exactamente mi tipo de pelo. ¿Saben qué me pasó cuando leí eso? Me alegré. Me sentí especial. Mi pelo es especial.
¿Saben qué pasó después? Me acordé de que soy una mujer de casi cuarenta años, que tuve pelo lacio toda mi vida y que sinceramente eso ni pincha ni corta en el gran esquema de las cosas.
Pero vale la pena detenerse en esa sensación. Porque claramente esconde algo más profundo.
Me sentí como en esa escena de Mean Girls donde Las Plásticas están frente al espejo criticando cada centímetro de sus cuerpos, y el personaje de Lindsay Lohan se sorprende porque para ella solo existía ser gorda o flaca.
Mean Girls es una parodia de los grupos de popularidad en secundarias estadounidenses. Pongo énfasis en “parodia” porque de algún modo la realidad tiktokera no está tan lejos de esa trama plástica. Solo que ahora nos llega directo al living, sin tener que ir a una escuela. Antes, para sentirte mal con vos misma, al menos tenías que salir de casa.
No es la primera vez que veo contenido así: una hiperclasificación constante, donde las redes nos convierten en un rejunte de etiquetas. Soy INFJ, empath, con pelo C3 y ojos hazel. Una búsqueda desesperada de pertenencia, de una identidad que nos haga especiales.
Pero también es una forma de alienación. De inventar falencias que no tenemos. De compararnos todo el tiempo con mundos que no habitamos.
Como bien dice el dicho: el pasto siempre es más verde del otro lado de la cerca.
Esta categorización algorítmica nos da sensación de identidad, pero al mismo tiempo nos arranca las aristas que no pueden clasificarse. Y en mi humilde opinión, esas imperfecciones son las que moldean eso que llamamos alma.
Es casi como si el algoritmo nos quisiera rotos y genéricos para poder llenar los huecos con cosas que no necesitamos: skincare, cursos de autoayuda, ropa de Shein.
No supe qué hacer con esta reflexión. Me pregunté si estaba exagerando. Si simplemente debería alegrarme por mi tipo de pelo y seguir scrolleando. O indignarme y hacer un post genérico feminista sobre los estándares de belleza, para tener engagement en Twitter.
Pero no puedo dejar de pensar en otra cosa:
¿Qué pasa si esta misma historia la vive una chica adolescente?
Mi generación, que creció en los 2000, ya está bastante arruinada a nivel trastornos alimenticios y depresión. Y nosotras no teníamos esta exposición. No teníamos “SkinnyTok”. Pero con unas cuantas revistas y MTV, alcanzó para trastornarnos.
¿Cuál va a ser la consecuencia real de todo esto en las generaciones que vienen?
👉 Ya se han publicado estudios que sugieren una relación directa entre TikTok y los TCA.
TikTok se escuda diciendo que las muestras no son representativas de sus miles de millones de usuarios. Y es cierto. Pero eso no significa que no haya un problema. Solo demuestra que no podemos —o no queremos— estudiarlo como corresponde.
A veces creo que nosotros fuimos los últimos en crecer conectados a un mundo más analógico, donde los ritmos eran otros. Y no sé si voy a poder transmitirle eso a mis hijos. Me da miedo. Porque cada vez tengo más la sospecha de que la vida es eso que se nos pasa mientras interactuamos con algoritmos.
No tengo respuestas definitivas.
Pero sí una sospecha:
En el mundo que viene, vamos a necesitar cada vez más recuperar espacios humanos. Lugares incómodos de habitar, pero que nos sacan del molde. Espacios donde podamos recordar que somos más que un rejunte de etiquetas.
Porque si el algoritmo nos necesita genéricos para vender pedacitos de identidad, tal vez la resistencia esté en ser inclasificables a propósito.
Gracias por leer.
✊ ¡Antes de irte! Este texto no está optimizado para el algoritmo.
No es viral, no es breve, no es una marca personal.
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Gracias por estar. Nos leemos.
—Bel





Yo hace poco tuve una conversación respecto a tik tok , con un amigo abrimos la aplicación al mismo tiempo y observe que su algoritmo le mostraba muchos videos "serios" y medios depres (acorde a su estado claramente) en cambio a mi solo me salen temas super randoms le mostré la diferencia en el momento. No solo las inseguridades,los miedos y demás venden contenido y hay gente dispuesta a todo por generar enganche , no se si hay una solución colectiva pero si se que individualmente como padres hay que involucrarse en la crianza de los hijos de forma profunda y también podemos alterar sus algoritmos por ejemplo yo les mando reels y memes de juegos y cosas que compartimos entonces su algoritmo se llena de eso
El mundo digital cada vez mas distante del mundo real.