Crear contenido me arruinó la vida
El sueño lo cumplí, pero a que costo
Hola, Sincódigonautas. ¿Cómo les va? Yo estoy bien. Llevo meses rumiando si escribir este post o dejarlo en los drafts para siempre. Me da un poco de vergüenza, para qué negarlo. Estoy en un proceso personal de intentar usar menos máscaras que me hace sentir horriblemente vulnerable. Lo bueno es que acá estamos entre amigos y esto no va a ser viral, así que no me importa. Vengan que les cuento.
Corría 2018. Yo era dueña de la tercera parte de una consultora de software, mi buena y fiel Fibury. Conseguir clientes era un trabajo agotador: muchas horas de seguimiento, muchos mails, muchos “cold no-sé-qué”. Un día, frente a mis socios, declaré: ¡Se acabó! Ya me he sacrificado suficiente por esta familia, voy a hacerme conocida en redes.
Ese año fue raro, como si los planetas se hubieran alineado para empujarme en mi plan. Después de muchos años trabajando con PHP, empecé un curso de frontend. El curso era solo de mujeres, porque estábamos en plena cresta de la ola inclusiva, y para colmo la burbuja tech empezaba a inflarse y el frontend se volvía la estrella del momento. Todo pelota.
No tenía un plan. Empecé a escribir, sin estrategia ni objetivo. Hablaba de mi reencuentro con el front después de tanto tiempo, y de mi experiencia personal con la depresión. Y esas palabras resonaron. Llegaron algunos clientes. Todo parecía funcionar, aunque no tenía claro para qué.
Con el tiempo, sin darme cuenta, la creación de contenido dejó de ser un medio. Empezó a ser el fin. Al principio todo era alegría: mi primer #teloexplicocongatitos, los likes, los follows, las invitaciones a podcasts y streams, los hilos que llegaban al millón de vistas. Era una trampa de dopamina, una que yo ni notaba.
El problema empezó cuando volví al trabajo formal, a finales de 2020. Entré como dev frontend, y eventualmente me ascendieron a tech lead. Y de pronto descubrí que todo lo que decía en redes era mirado con lupa. En reuniones me citaban cosas fuera de contexto, me preguntaban, me marcaban. Me reía y seguía, pero adentro empezaba a pesar. Durante unos meses hice en paralelo una consultoría para un banco y el lead del proyecto me dijo que conocía mi “identidad secreta”. Otro día mi papá me llamó: un amigo suyo de una mega corpo quería saber si esa tal Bel Rey era algo suyo. Mi familia se enteró de mi “vida paralela”.
En 2022 hice varios procesos de entrevista. En uno, sin explicación, me bajaron tras un chequeo de antecedentes que no tenía razón de ser y siempre asumí que no les gustó mi perfil en redes. Y bueno no los culpo, soy un poco explosiva a veces. En otros, los entrevistadores parecían más interesados en mi personaje online que en mi trabajo real ¿Cómo podía la empresa capitalizar mi viralidad? Decidí aplicar solo a empresas de afuera, donde nadie supiera quién era.
Igual terminé en una empresa local. Intenté convencerme de que no había problema. Mi lead no tenía redes y eso me alegraba mucho porque no quería que me viera dando cringe. Todo bien. Pero mi manager… era buena persona, pero vivía con miedo de que hablara mal de él en redes, de que cada cosa que yo escribía fuera indirecta. Como si yo no tuviera nada mejor que hacer. Como si fuera lo suficientemente estúpida como para arruinar mi trabajo por algunos likes.
Me ofrecieron un rol de creadora de contenido en la empresa. Lo rechacé. No era lo que quería. Mi rendimiento se vino abajo y me echaron. Parte fue culpa mía. Parte fue esa historia que armaron sobre mí, que no tenía nada que ver con quien soy de verdad.
En 2023 me dediqué al freelance. Trabajé para gente que no consume mis redes y fue un alivio. Intenté algo en web3, pero el bear market arruinó dos ofertas que ya estaban cerradas. Y el contenido... el contenido empezó a pesarme más. Me daba vergüenza. Me generaba cringe lo que podían pensar mis amigos de esa versión exagerada y llena de opiniones que mostraba en redes. Me preocupaba la imagen que se iban a hacer mis colegas a los que respeto porque seamos sinceros, los creadores de contenido en tech tenemos todos fama de vendehumo. Hice nuevas amistades, algunas lindas, pocas prosperaron. Es muy complicado cuando todo lo que conocen de vos es el personaje, una máscara unidimensional. La persona que está abajo es mucho más compleja y no siempre es tan fácil de querer.
Una noche, en la primera cena de madres del cole nuevo de mi hijo mayor, nos presentamos. Dije que era docente de programación. Y una mamá gritó: “Es influencer, yo la sigo en Twitter”. Me reí. No lo dijo con malicia. Pero sentí ese frío en la espalda porque entendí algo: mientras exista esa presencia online, voy a estar en desventaja en cualquier grupo nuevo. Van a tener un preconcepto de mí antes de conocerme. Y romper un preconcepto es de las cosas más difíciles que hay.
Así se repitió una y otra vez. Y un día entendí que no valía la pena. No quiero ser famosa. Me gusta enseñar, compartir, ayudar. Y sí, la viralidad ayuda para eso. Pero no a costa de mis relaciones, de mi trabajo, de mi paz mental.
Estudié el contenido que “la pega” y entendí que gran parte es hacerle sentir a la gente todo lo que le falta y venderle la solución. Y no me interesa. No quiero que alguien se sienta mal para que me compre un curso.
Fui dejando de crear contenido de a poco. Me corrí de los formatos que podían viralizarse. Escuché a quienes venían a decirme cómo hacerlo bien, cómo crecer, cómo viralizar. “Hacé contenido sobre ser mamá”. “Generá polémica”. Ew, no gracias 🤢, Y repetí, una y otra vez: no quiero pegarla.
Hoy ya no soy relevante. Tanto que hace poco un alumno me dijo: “Profe, usted sería buena haciendo contenido”. Le dije que gracias, que lo iba a pensar.
Crear contenido me cambió y no estoy segura si fue para bien o mal pero la moraleja de esta historia no es “el contenido es malo”. Sé que a muchas personas les funciona. Que construyeron carreras, comunidades y oportunidades increíbles gracias a ella ¡Yo también lo hice! Pero con el diario del lunes pienso que para mi había caminos más sanos para hacer lo mismo cuyo costo no es mi paz mental, mis amistades y la posibilidad de conectar genuinamente con la gente, sin máscaras, sin preconceptos.
No digo que nunca más voy a crear contenido. Lo que digo es que, si lo hago, tiene que tener un propósito que valga el esfuerzo. Un propósito que no sea vender cursos ni buscar la viralidad por la viralidad en si misma. Quiero que sirva para lo que siempre quise: para ayudar, para compartir, para acompañar.
Si algo aprendí de todo esto es que la fama online es una máscara frágil, y que lo que importa, lo que realmente deja algo, es lo que construimos desde un lugar sincero.
Gracias por el tiempo, nos vemos la semana que viene.
✊ Hola Substacker ¿Tiene usted un momento para hablar de nuestro amo y señor el algoritmo? Que bueno ¡Yo tampoco! De hecho este texto no está optimizado para el algoritmo. No es viral ni breve pero tiene mucho amor y todo el caos que habita en mi cabeza.
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Yo también tuve una época de mi vida de “marca personal” y decidí que no me interesa. Con lo lindo que es vivir mi vida sin la ansiedad agregada de lo que van a percibir los demás! Mientras menos sepan mejor.
No podrías haberlo explicado mejor, hasta me ayudaste a entender mejor algunos de los procesos por los que pase y deje de lado sin darles muchas vueltas, gracias por compartir como siempre.