Amonga roja terrible
Cómo un videojuego sostiene mi última neurona entre la maternidad y el duelo
“Mamá, ¿Qué necesitás escribir?” Pregunta mi hijo del medio con sus cuatro años recién cumplidos. “Lo que se me pasa por la cabeza”, le respondo mientras ordeno las notas de lo que espero que llegue a convertirse en una edición coherente de Sin Códigos.
Por primera vez en mucho tiempo no estoy segura de si voy a poder.
Amigos de este newsletter, hace exactamente dos semanas falleció mi suegro.
Voy a describir la sensación exacta que tengo: yo era una mesa de tres patas y me arrancaron una.
Mi suegro no era solamente el papá de mi marido y el abuelo de mis hijos (que ya es un montón), era también la persona a quien llamábamos ante cualquier duda sobre el mundo adulto. Era… o mejor dicho, ES la persona favorita de mi hijo del medio. Es tan su favorito que si hoy en día uno le pregunta “¿A quién querés más en el mundo?” él responde “a mamáyelabuelo”. Todo junto y sin respirar.
Si vienen siguiendo el hilo conductor de este newsletter, sabrán que 2025 no ha sido particularmente amable con esta casa. Tuve al bebé en neo, perdí dos mascotas por culpa del cáncer, perdí un amigo por culpa del cáncer y ahora perdí a mi suegro de la forma más injusta y absurda porque una estúpida que decidió cruzar una esquina sin mirar. Quedando todavía tres meses de calendario, puedo decirles que pensar en el futuro me provoca una ligera ansiedad.
Le di muchas vueltas a esta edición porque creo que podría escribir un libro con todas las cosas que pasaron. Podría descargar mi enojo y frustración. Explicarles que mi visión del mundo se rompió por completo y tengo miedo de caer en el más absurdo cinismo. Puedo contarles diferentes momentos de esta experiencia que fui recolectando como notas en un pequeño archivo que se llama “retazos de mi corazón”. Puedo intentar describirles cómo intento reconfigurar una rutina diaria a la que le arrancaron un pedazo enorme. Y también podría contarles anécdotas graciosas y absurdas, porque si algo aprendí este año es que la muerte tiene intersección con la comedia.
No quiero caer en lugares comunes como decirles que disfruten el presente porque nada es seguro (a Seguro se lo llevaron preso). Tampoco voy a caer en la boludez de una publicación a lo linkedin (Diez cosas que perder a mi suegro me enseñó sobre negocios B2B).
Lo que sí quiero es contarles una historia. Tiene que ver con un videojuego y cómo a veces las cosas más simples se resignifican de manera imprevisible.
Esta es la historia de la Amonga Roja Terrible. Y empieza así.
La crianza de mis hijos fue desde el primer momento atravesada por el uso de tecnología. Yo no puedo en una casa donde todos vivimos de las computadoras pretender que mis hijos crezcan ajenos a ese mundo. No sería honesto de mi parte.
Esto sucede con conocimiento de causa e intentando hacerlo de la forma más “intencionada” posible. Que el tiempo de pantalla no sea consumo indiscriminado, que haya una razón, una intención detrás.
No voy a aburrirlos con mis métodos, quizás podamos charlar de eso en otra edición y comparar notas. Lo importante de esto es que sepan que mis hijos “juegan” a Among Us.
Among Us es un videojuego multijugador donde los personajes se encuentran encerrados en una nave espacial. Entre la tripulación normal se esconde uno (o más) “impostores” que por fuera se ven normales pero por dentro son monstruos horribles con malas intenciones. Mientras los tripulantes normales tienen que realizar tareas y mantener la nave a flote, los impostores se dedican a sabotear controles y asesinar tripulantes. El juego trata de atrapar a los impostores antes de que logren destruir todo.
Mis hijos son todavía muy chicos para que les permita jugar un juego online de forma indiscriminada, por eso lo que les permito hacer es usarlo en modo “práctica”, es decir, pueden usar todas las funcionalidades pero de forma offline. Al no tener interacción con otras personas, lo que pasa es que el juego se convierte en escenario para reflejar historias que inventan en sus cabezas.
Así nació la Amonga Roja Terrible.
Entre esas historias inventadas, mi hijo del medio siempre es “Rojo”. Rojo tiene una tendencia natural al caos, ya sea tripulante o impostor. Le gusta correr por la nave tocando todo elemento interactivo que exista, forzando votaciones para echar tripulantes (aunque no haya razones para hacerlo) y mucho más. Y cuando le toca ser impostor, Rojo está en su salsa. Nada grita caos como salir a cortar tripulantes al medio con sus garras alienígenas.
En su emoción Rojo nos incluyó a todos. A cada persona de la familia se le asignó un color de amonga. Amarillo, Azul, Marrón, Naranja. Pero su compañero favorito de aventuras siempre fue Verde. El abuelo Verde.
Mi suegro nunca fue un tipo aficionado a las computadoras, les diría que todo lo contrario. A él le gustaban los autos, las motos, salir a la ruta. Pero por su nieto favorito se sumergió en el mundo de las amongas a un nivel que nos sorprendió a todos.
Las aventuras de Verde y Rojo escaparon los límites de la pantalla. Rojo recibió como regalo un kit de Among Us impreso en 3D con el que juega constantemente. También cobraron vida en dibujos, stickers y más. Cuando nos mudamos a la nueva casa, Rojo me pidió explícitamente que le borde un Among Us rojo para colgar. Apenas lo terminé, me pidió uno verde para acompañar. Quedaron colgados en la pared sobre su cama. La primera vez que entré a esa habitación después de que falleció Verde vi los bastidores colgando y me largué a llorar
Nunca pensé que un juego casual que explotó en pandemia se iba a convertir en una abstracción tan poderosa de mi familia. Unos días después de la muerte de Verde, Rojo festejó su cumpleaños número cuatro. No puedo decirles que el Among Us reemplazó la ausencia del abuelo, pero sí acompaño como para que esa falta tuviera su representación material.
En este espacio ya les conté varias veces cómo lo digital fue permeando en mi vida para convertirse en parte inevitable de la realidad. En este caso fue al revés, una parte importantísima de nuestra vida familiar ahora se ve parcialmente inmortalizada en un conjunto de astronautas coloridos de diseño adorable. Los llevaremos para siempre como símbolo y estandarte de la conexión que existió entre estas dos personas que se conocieron, se eligieron y la vida tuvo que separar por una pelotuda que no pudo apretar los frenos.
No me queda otra que rearmarme cual amonga impresa en 3d y seguir adelante, cargando con la tarea adicional de transmitir todo ese amor que existió para que Rojo crezca sabiendo que lo amaron incondicionalmente y que si verde pudiera todavía estaría acá listo para ir a recorrer las alcantarillas y causar todo el caos posible.
Ahora sí, vayan y abracen a los que todavía están.
¡Feliz viernes! Nos vemos la semana que viene SI NO PASA NADA MÁS.
Gracias por el aguante todas las semanas, y particularmente gracias a quienes me mandaron mensajes sobre la edición anterior. Es solamente gracias a ustedes que junté el coraje para escribir esto hoy.
Si no son parte de la familia de Sin Códigos les cuento que mis publicaciones suelen ser un poco más alegres. Yo igual por las dudas los voy a invitar a suscribirse porque es gratis.
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Qué difícil decir algo frente a una situación así salvo que admiro mucho que puedas contar algo tan personal y no convertirlo en un melodrama.